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| Foto Andrea Anghel |
No sé si vale la pena escribir sobre el pasado, o aventurar sobre el futuro que se transforma y se pierde entre los sueños. Finalmente sólo nos quedan algunos pocos hechos aislados del presente que necesitamos documentar aún a riesgo de que cambien sus versiones muchas veces. La literatura no deja de ser ese lugar al que acudimos para reconocernos. Un cuerpo afligido por enfermedades y penurias no necesita para nada de la literatura. Llenamos este mundo de palabras porque disponemos del privilegio de contar lo que es apenas real para nosotros, lo que le ocurre a otros que ni siquiera nos leen y no pueden hablar de ese absurdo lugar que conquistamos en el relato. Ficciones que son apenas mensajes en una botella lanzada a un mar de náufragos que no pueden nadar.
Nosotros, los que escribimos, no cambiamos nada. Predicamos con la palabra y luego en la puerta de un supermercado un mendigo nos obliga a bajar la mirada. Hay pocas cosas verdaderamente con las que nos hacemos mejores seres humanos y escribir no es una de ellas.

