viernes, 20 de mayo de 2011

LA LIBERTAD

Foto Cristóbal Manuel

Todos los que se mueren en este instante no hacen un número siquiera
no hacen una palabra,
pues toda su agonía, dentro de unos minutos, reventará en estiércol,
y toda su ilusión estallará en un sueño putrefacto.

Así mi pensamiento es una sucesión
de estallidos sin causa y sin efecto
como ese coro eterno de murientes llorosos
que luchan por pasar desde el atardecer hasta la aurora,
que muerden en las rocas los restos del placer
con su boca sangrienta. Pobre reino animal
que va a parar al reino mineral de la muerte.

No discuto cuántas son las estrellas inventadas por Dios.
No discuto las partes de las flores.
Pero veo el color de la hermosura,
la pasión de los cuerpos que han perdido sus alas
en el vuelo del vicio.

Entonces se me sube la sangre a la cabeza,
y me digo: ¿Por qué
Dios y no yo? - ¿Por qué yo no he creado el mundo?
¿Por qué he de verlo todo como esclavo?

Yo no quiero dormir. Yo quiero estar despierto
adentro de los ojos de las desesperadas criaturas,
aullando tras las rejas de cada pensamiento,
más allá de las cuales reina la libertad totalmente desnuda,
como una estrella helada para siempre.

No sé para qué sirve toda esa libertad
que se canta y se baila vestido de cadenas.

Me acuerdo de esas blancas prostitutas con quienes he partido la cama
de mi primera juventud.
Todas ellas olían a jardines.
Oh belleza rugiente. Todas ellas
no eran sino una inmensa telaraña. .

Por mis venas discurre la sangre presurosa del animal inútil
que come cuatro veces al día como un puerco,
que me tutea y me deprime
con su palabra ufana,
testimonio evidente de esa parte de mí
que se muere al nacer, como una nube:
lo blando, lo confuso, lo que siempre está fuera
del peligro, el adorno y el encanto.

No beberé. No comeré otra carne
que la luz del peligro.
No morderé otra boca que la boca del fuego.
No saldré de mi cuerpo si no para morirme.

Ya no respiraré para otra cosa
que para estar despierto noche y día.


De La miseria del hombre, 1948
Gonzalo Rojas

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